Músicos en el cine (I)

Ya en el instituto, y no hablo de aquella Academia Rushmore de Wes Anderson, sino de algo tan llano como el que hay a la vuelta de la esquina de cualquier barrio madrileño, había varios roles en las diversas aulas de quinceañeros. Asomándose uno a la cristalina ventana, bajo la tarima sobre la que el profesor impartía clase garrapateando fórmulas en una vetusta pizarra, se podía observar como el graciosete lanzaba una minúscula bola de papel con su improvisada cervatana. En la primera fila, el empollón tomaba apuntes de forma febril, absorto, obnubilado, navegando entre conocimientos. Más atrás, el repetidor de rostro burlesco esperaba el sonido de la campana castigado de cara a la pared mientras el guaperas le lanzaba a la Marilyn Monroe de cuarto de la E.S.O una cuartilla doblada con esmero en la que había redactado pulcramente sus confesiones más íntimas. 

Jason Schwartzman en Academia Rushmore

Sin embargo, de entre todos aquellos roles, siempre había uno en todo el curso que sobresalía por encima de los demás. Ese que gozaba de una versatilidad casi absoluta. Podía tocar la guitarra, jugar a fútbol, escribir poesía, ajusticiar a sus compañeros con una frase ingeniosa o mostrar su carisma ejerciendo como delegado de clase. Aplicado a la vida adulta, un Julian Schnabel que pinta cuadros, deja citas para la posteridad (“Soy lo más cercano a Picasso que podrán ver en esta pinche vida”) y dirige películas con pulso firme.

Uno de los cuadros del neoexpresionismo de Julian Schnabel

Y de eso trata este reportaje, de hablar sobre los polifacéticos pero aplicándolo concretamente a aquellos músicos que se han atrevido a traspasar el umbral del celuloide. Algunos de los que nombraremos han tenido una carrera prolífica en ambas disciplinas, otros se atrevieron con el séptimo arte en pocas ocasiones pero con resultados dignos y también los hay que fracasaron en su intento pero quedan como anécdota inmortal o esperpento hilarante.

Empezamos pues con ese personaje inclasificable, de dudosa reputación pero intachable trayectoria musical llamado Iggy Pop. Decían sus compañeros en el high school que si alguien estaba llamado a ser presidente del gobierno por inteligencia y capacidad de liderazgo era el bueno de James Osterberg. Sus inquietudes iban por otro lado y junto a The Stooges es considerado uno de los padres del punk. Creó también el stage-diving, o lo que es lo mismo, lanzarse de cabeza a la masa enfervorizada durante un directo y sus espectáculos eran famosos por sus extravagancias y destrozos varios.

Vayamos al cine. Además de un par de incursiones en Dead Man y Coffee and Cigarettes de su amigo Jim Jarmusch, tiene un pequeño cameo en la mediocre secuela de El Buscavidas dirigida por Scorsese y otro papelito en Cry Baby de John Waters. No obstante, como apunte bizarro, destaca la extrañísima Atolladero. Se trata de un western futurista dirigido por Óscar Aibar que no obtuvo gran éxito de crítica ni por supuesto en taquilla, pero quedará para los anales de la historia por la aparición de Iggy como malo de la película y por el corte que compuso con el mismo nombre que la producción española.

Durante muchos años, detrás del mencionado Iggy Pop siempre iba David Bowie, o quizá fuese al revés. De hecho, se comenta que se fueron a Alemania a desengancharse de sus adicciones juntos, o lo que es lo mismo, una especie de unión entre el asesino y el suicida. De El Duque se cuenta que en sus buenos tiempos (o tal vez en los malos) se alimentaba a base de cocaína y leche, aun así, su carrera cinematográfica es verdaderamente prolífica e incluye incluso unos cuantos papeles como protagonista.

Entre 1976 y 1979, coincidiendo con el eclecticismo de su trilogía de Berlín y su casi completa desintoxicación de las drogas, debuta como actor en El hombre que cayó a la tierra y poco después aparece en Gigolo. Más tarde realizará una pequeña performance en la impactante Yo, Cristina F de Uli Edel y ya en 1983 protagonizará junto a Catherine Deneuve El Ansia, ópera prima de Tony Scott. Es necesario apuntar que en la apertura de esta última aparece Peter Murphy de Bauhaus interpretando la mítica Bela Lugosi´s Dead en lo que podría contabilizarse como otro músico haciendo sus pinitos en la gran pantalla.

Su aspecto andrógino y su forma de vida camaleónica se trasladan también al celuloide. Así, fue capaz de interpretar a un soldado británico en Feliz Navidad Mr.Lawrence, a un excéntrico rey goblin en Dentro del Laberinto o a Poncio Pilatos en La última tentación de Cristo. Ya en los noventa aparecerá en la película de Twin Peaks o en El Truco Final de Christopher Nolan. Interesante también es su papel en la producción Basquiat en la que tiene un breve papel como Andy Warhol que podría concebirse como una suerte de homenaje a uno de esos artistas totales que inspiró notablemente la carrera del apasionante y oscuro Duque Blanco.

Nos trasladamos de nuevo a finales de los setenta, de nuevo en Gran Bretaña. ¿Quién no recuerda aquello de: “Dime por qué no me gustan los lunes”?. Eran Bob Geldof, los Boomtown Rats y su éxitazo efímero del verano inglés de 1979. Sin embargo, lo que nos hace acercarnos a este artista pseudosolidario, salpicado por un supuesto caso de estafa en sus archiconocidos conciertos benéficos, es su papel en la maravillosa The Wall de Alan Parker.

Dicen que los Pink Floyd se deshicieron de Syd Barrett a la manera de un grupo de arpías envidiosas. Algo así como Roger Waters comentando: “Oye, se nos ha olvidado recoger al tarado”, y el resto respondiendo casi al unísono: “Pues casi mejor”. A partir de ahí, lo que todo el mundo sabe, revolucionaron la música, se pelearon, ganaron mucho dinero y acabaron disolviéndose entre litigios y disputas. Aun así, tuvieron tiempo para redimirse componiendo aquel Shine on You Crazy Diamond y participando en ese videoclip de largo metraje titulado The Wall, que no deja de ser una curiosa forma de pedir perdón a un Syd Barrett que para aquella época estaba recluido en una granja británica junto a su madre, encerrado entre toneladas de LSD, rescatando de entre las ruinas de su memoria canciones como el Bob Dylan´s Blues que presenta a nuestro siguiente protagonista.

Robert Zimmerman siempre utilizó la imaginería del western para componer sus letras. Durante mucho tiempo estuvo investigando en la Biblioteca Nacional buscando historias de bandidos y héroes crepusculares en periódicos antiguos. La máxima expresión de su entusiasmo por el salvaje oeste es el disco al que da nombre el bandido John Wesley Harding, un buscavidas que, sin embargo, “nunca fue conocido por herir a un hombre honesto”.

A la vista de lo anterior, no sorprende que su aparición más interesante en el mundo del celuloide fuera de la mano de un Sam Peckinpah que comenzaba su lenta decadencia física a la vez que ofrecía al western un esplendor del que hacía muchos años ya no gozaba. En Pat Garret y Billy el Niño, Dylan interpreta a Alias, un miembro de la pandilla de Billy, al que por cierto encarna el compositor de country Kris Kristofferson que, a partir de ahí, desarrollaría una interesante carrera como actor alcanzando cotas interpretativas más que notables en Alicia ya no vive aquí o Las Puertas del Cielo.

El trabajo de Dylan no es especialmente destacable a nivel cinematográfico, aun así, en la banda sonora de la película figura una de las canciones más versionadas de todos los tiempos: Knockin´ on Heaven´s Door. Al margen de su anecdótico periplo como actor, el cantautor de Minnesota se atrevió, no sin cierta grandilocuencia, a introducirse en el mundo de la dirección con una obra de corte experimental.

Renaldo y Clara salió en cines en el año 1978, tiene una duración de casi cinco horas y en ella aparecen una gran parte de los personajes clave en la contracultura de aquella época. No hace falta decir que fue un auténtico fracaso y los críticos la recibieron con dureza. Se filmó en 1975 durante la gira Rolling Thunder Revue y se mueve entre el documental y el surrealismo. Bob Dylan interpreta a Renaldo y Ronnie Hawkins a Bob Dylan. Aparecen también Joan Baez y ese poeta que vio a “los mejores cerebros de su generación destruidos por la locura”, el auténtico Allen Ginsberg. Hoy en día es casi imposible hacerse con una copia de semejante rareza, aunque de vez en cuando se exhibe en circuitos de cine independiente y filmotecas.

Y hasta aquí el primer capítulo. No os perdáis la próxima semana la segunda parte con invitados tan especiales como Tom Waits, Joe Strummer o la plana mayor de los Rolling Stones y los Beatles.

Deja tu comentario

Tu nombre

Tu nombre

Por favor, escribe un email válido

Se necesita un email

Por favor, escribe tu mensaje

Videodromo © 2014 All Rights Reserved

Bienvenidos a Videodromo.

Designed by WPSHOWER

Powered by WordPress