Atlántida Film Fest (día 10): Otelo y la obediencia a la autoridad

Hammudi Al-Rahmoun ha creado un Otelo con todos los elementos de la tragedia clásica y una interesante reflexión acerca de la frontera entre arte y realidad.

Stanley Milgram escribió en 1974 su ensayo Los peligros de la obediencia tras una investigación que examinaba la respuesta de una serie de voluntarios ante la autoridad en situaciones de presión. La mecánica era sencilla. Los participantes ejercían como maestros y tenían que responder con descargas eléctricas cada vez más elevadas a las respuestas erróneas de sus alumnos que no eran sino cómplices del experimentador de la universidad. Este, por supuesto, indicaba imperativamente a los maestros que debían aumentar el voltaje si las convicciones morales de sus pupilos les hacían poner en duda la investigación. Huelga decir que las descargas no eran reales. También es preceptivo conocer que Milgram consideraba que solo algún sádico sería capaz de aplicar la potencia máxima y al finalizar el experimento los resultados señalaban que el 65% de los participantes lo habían hecho. Y todo ello debido a la dificultad del ser humano de negarse a obedecer al que se considera en un plano superior.

En Otelo, debut de Hammudi Al Rahmoun Font, el director de una pieza teatral es una suerte de realizador sin escrúpulos, tipo Altman o Kubrick que está dispuesto a sacar lo máximo de sus actores aunque las consecuencias sean irreversibles para ellos. De esta forma, ejerce como demiurgo en lo que se refiere a la creación de los personajes y lleva hasta los límites el concepto de autoridad para lograr ciertas escenas escabrosas que hagan más real el rodaje. El ejercicio metacinematográfico, grabado en tres días y con un presupuesto de 15.000 euros, abunda en la manipulación que el poder puede ejercer en los mentalmente débiles y se sirve de dos actores amateurs para utilizar el método Stalivnasky con la intención de diluir el velo que separa las emociones reales de las teatrales.

otelo

A la hora de desdibujar la frontera entre el arte y los hechos recuerda a los primeros filmes del iraní Abbas Kiarostami desde el momento en el que la participación del espectador y su capacidad de atención son esenciales para comprender la película (el director de la película y de la pieza teatral que se rueda dentro del film es el mismo y los actores tienen el mismo nombre, al igual que ya sucedía en la excepcional A través de los olivos). La fotografía es fundamentalmente oscura en consonancia con los sentimientos de la obra de Shakespeare y la película se divide en un prólogo con cuatro actos y un desenlace estructurados a base de entrevistas ficticias a los actores y rodaje cámara en mano que remite al mockumentary como medio verdaderamente útil para crear sensación de naturalidad.

La figura de Yago resulta a todo punto sustancial. Si ya en el clásico de la literatura universal era el elemento que provocaba los celos de Otelo y sustentaba una gran parte de la gama de sentimientos shakesperianos que desembocan irremisiblemente en la traición, en la película aparece representado por un director que aprovecha de manera cicatera el anhelo en la mujer de sentirse deseada, las pulsiones sexuales del actor que representa a Casio y la inseguridad de un Youcief que conoce de la belleza de su pareja y los sentimientos que suscita en el resto de hombres. Así, aunque las dos entrevistas finales tranquilicen al personal dando a entender que ha sido todo una broma, el Otelo de Al-Rahmoun es falso pero real, contemporáneo y también shakesperiano. Queda para el espectador desabrochar sus diferentes capas y responder a los interrogantes acerca de la autoridad que en este caso hubiesen hecho palidecer al propio Milgram.

Dollhouse: Nihilismo ingenuo

De Jim Sheridan, director no especialmente prolífico pero tan regular como eficiente en su forma clásica de hacer cine, se podría asegurar que, salvo en contadas excepciones, su cine no es del todo universal pero sí ha contribuido a dar a conocer la problemática política irlandesa en películas como The Boxer o En el nombre del padre. El resto de sus proyectos cuentan con la categoría de notables aproximaciones a la inmigración de sus paisanos, la discapacidad o las desgarradoras consecuencias de la vuelta al hogar tras una larga guerra.

De la hija de un realizador prestigioso se espera que, aunque sus obsesiones sean diferentes de las de su progenitor, cuente con un estilo propio que le aleje de todo manierismo como sucedía, por ejemplo, con las primeras películas de Sofía Coppola. Kirsten Sheridan, sin embargo, da la impresión de no haber atendido en exceso a las lecciones o reprimendas de su padre puesto que Dollhouse es un retrato de la adolescencia irlandesa que intenta abordar las motivaciones de la tribu urbana denominada chav (en español sería algo así como un macarra de barrio bajo) desde una perspectiva nihilista que acaba resultando a todas luces superficial.

dollhouse

La película cuenta la historia de seis jóvenes que irrumpen en una mansión de lujo y comienzan a destrozarla. Se emborrachan, se drogan de vez en cuando y al rato aparece Jack Reynor que sirve como contraste de clase alta frente al resto. Y parece que va a suceder algo, pero el film continúa en los mismos términos hasta que prácticamente al final hay un giro de guión realmente inverosímil. Aunque la directora intente captar una estampa de la decadencia de las clases bajas de su país, la crítica es un tanto ingenua y acaba resultando una Historias del Kronen mucho más plana y sin matices.

Dos: Pretencioso acercamiento a Barcelona

Dos, de Stathis Athanasiou, está rodada en Barcelona a pesar de que muchos de sus personajes sean griegos y sirve como elogio y propaganda de la ciudad condal que aparece como la urbe moderna y cosmopolita que seguramente es. Hasta ahí las alabanzas, porque lo que es la película en sí narra de forma farragosa las relaciones entre dos parejas que encuentran un punto de unión en un momento dado del metraje.

Articulada en base a una voz en off bastante irritante, con unas actuaciones que dejan mucho que desear y líneas de diálogo ridículas que intentan que cada frase suene como la sentencia definitiva, Dos es un intento fallido y muy teatral de acercarse al resentimiento conyugal, la infidelidad o el desencanto vital que pretende ser una tragedia griega y para ello se sirve de unos cuantos mitos y metáforas que no hacen sino esconder su decencia visual debajo de una gruesa pátina de pretenciosidad.

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