Una casa en Córcega

Modesta y sencilla, Una casa en Córcega sirve de recordatorio del pasado perdido. Con su romance pastoral del siglo XVI y con la imposibilidad de escapar del cautiverio.

 El viaje iniciático, la búsqueda del yo, la potestad reivindicada. En este viaje hacia uno mismo Christine siente que la restauración de la antigua casa que ha heredado de su abuela perdida en lo más recóndito de la naturaleza corsa se torna una metáfora de su propia condición. Y hará lo posible por disfrutar de su éxodo, tan atractivo, para darse cuenta a medida que avanza la cinta de que puede que el brillo resplandeciente del pasado sufra del efecto del filtro y la selectividad interesada de nuestra memoria, haciendo que el ascetismo muestre su atributo más ineludible: el vacío.

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Para el primer largometraje del belga Peter Duculot ha decidido ofrecernos su visión de Córcega (concretamente, de la región de Charleroi), que no es la de una isla paradisíaca sino más bien un lugar de tradiciones perdidas y la del progresivo abandono de sus formas de vida, con lo bueno y lo malo. El posible encanto de un relato minimalista sobre la vida rural se estropea por una protagonista que buscando ir a contracorriente se fuerza a vivir un descubrimiento de la bondad del campo, intentando ver oportunidades donde sólo quedan quebraderos. Tan presente en nuestra época, esta búsqueda idealizada de lo primitivo como regresión antimoderna genera el choque crítico de las espectativas y la realidad.

Aunque podría parecer fácil para el espectador empatizar con una Christine atorada por la vida moderna que la tiene enclaustrada en su ingrato trabajo de camarera y una pareja estable (que si bien no deshecha sí rendida al monótono devenir de una vida sin alma), el realizador, procurando no insultar a sus personajes con sobreexplicaciones en voz alta de sus sentimientos termina por perjudicar a la obra, creando una realidad tan posible como inapetente. Tan cierta como obvia.

Modesta y sencilla, Una casa en Córcega sirve de recordatorio del pasado perdido. Con su romance pastoral del siglo XVI y con la imposibilidad de escapar del cautiverio (pues siempre viviremos bajo la represión de alguna de sus formas), pero con dos aciertos: un final de cliffhanger y unas imágenes a veces sombrías por la cámara en mano en lugares oscurecidos (y desprovistos de iluminación articifial) y otras impresionantes por lo hermosamente cruel del paisaje.

Nota Una casa en Córcega: 4.5

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