Quiero ser italiano

Sin caer en la alabanza romántica de “ La selva esmeralda“, en “Quiero ser italiano” el racismo rastrea sus huellas profundamente psíquicas del miedo el “otro” (asociado al animal reprimido que le sigue por todas partes a uno) y sus actitudes fóbicas hacia la naturaleza y el cuerpo. Sería bueno preguntarse por el éxito en el público europeo de comedias como Intocable ya que “Quiero ser italiano” comparte muchos paralelismos con esta. Como en “Intocable”, el intento de dejar clara una superación de los problemas racistas por parte de la sociedad que no hace tanto eran colonistas y conquistadores (franceses, ingleses y españoles) en realidad, con una segunda lectura acaban muy mal parados, confirmando ese trato desigual bajo fórmulas cada vez más difusas y refinadas pero igualmente injustas. Parecen verificar, por tanto, que el racismo es tanto individual como sistémico, que es parte del tejido y la psique del sistema social, y es a la vez enloquecedoramente abstracto y absolutamente cotidiano.

Dino Fabrizzio es un musulman argelino que se hace pasar por italiano en su trabajo y vida social, mientras esconde esa segunda identidad en su vida familiar. Frente a todo pronóstico, su italianizidad cuela, y triunfa como vendedor de maserattis. Decir ragazza, bon jorno o non ti preocupare conquista a los clientes, que entienden que el exoticismo italiano es magnético y deseable. Dino es gracioso, vital y encantador, y pese a todo llegado el punto el propio Dino no sabrá si su vida es un éxito por el personaje que ha creado o por sus propias capacidades. Un problema al que no se enfrentarán sus franceses compañeros de trabajo.

La película retrata esta historia encuadrándola en el anteriormente mencionado falso escenario de igualdad que se da de facto. Parece que Dino es farsante por elección propia, ya que salvo dos intervenciones el resto del tiempo, y sobre todo en las relaciones más importantes no parezca haber conflicto racial ninguno. Son las ganas de un argelino de complicarlo todo cuando la sociedad hace tiempo está dispuesta a aceptarle tal y como es. Pero no.

Dándole, incluso, más vueltas de las debidas, Quiero ser italiano es una película que si bien se centra en los conflictos de identidad racial y religiosa, también habla (cómo no) del sistema mundial en el que el multiculturalismo se encuentra evaluado, de forma que aquellas culturas que mejor se adapten al capitalismo, más avanzadas socialmente serán vistas. Nos encontramos, entonces, con un musulman de raíces magrebíes que para vender más coches Maserati se hace pasar por italiano. Mientras su vida es un éxito veremos a Dino conducir uno de estos majestuosos coches, pero cuando fracasa lo pierde. Mientras tanto siempre que va a reunirse con su familia usa el avión. El momento racista de la película es representado en forma de chiste proclamado por un compañero de trabajo, en alusión a unos compradores magrebíes comenta que “estarán aparcando los camellos”. Como vemos, sin haberlo buscado en esta película el transporte se torna metáfora. El vehículo personal en el que te mueves es parte de tu identidad, y en función de más o menos rápido o portentoso es sinónimo y metáfora de tu progreso social (y como pueblo). Mientras todos tenemos como entorno amigo e inviolable: el avión. Avión como medio de transporte que además de el más rápido es, a la fuerza, público. El aeropuerto como lugar neutral, como salvaguarda del respeto intercultural. Pero vamos, que en la película no es como para darle tantas vueltas.

El guión de Quiero ser italiano parece por momentos ser la justificación de una campaña publicitaria de turismo a Niza. La historia es por tramos poco sostenible, intentando que para que las piezas encajen el protagonista se nos aparezca un tanto esquizoide. Si bien es entretenida (menos el último tercio) está a medio camino entre la risa y una emotiva denuncia social y consigue no conquistar ninguno de los dos territorios, dejando la sensación de dejar insatisfactoriamente incompletos ambos terrenos. El dúo Kad MeradOlivier Baroux repite por segunda vez en pantalla, y el actor siempre ayuda a la calidad de sus cintas (él mismo tiene una historia sobre la integración que contar, cuando al comienzo de su carrera iba a cambiar su nombre por el de François), pero la vergüenza identitaria, tema harto complejo y delicado, queda aquí pobremente tratado, y eso hará daño en el visionado de Quiero ser italiano. Un intento fallido que tenía posibilidades. Esperemos que para la próxima vez.

Frases destacadas:

Dino: Yo no soy ningún modelo.

Andrè: Si con un ramadán pagas más de cinco años de mentiras te sale barato.

Dino: Cuando prometes algo… ¿lo cumples?

Dino: No miento. Lidio con una identidad y unas raícez en una sociedad imperfecta.

Andrè: A veces la verdad lo cura todo.

Dino: En un equipo siempre hay una pieza clave.

Helene: Hemos bebido, hemos hablado. ¿Vamos a tu casa?

Amel: ¡Mi trabajo es preocuparme!

Mohamed: No estoy en buen lugar con Dios porque he mentido.

Calificación: 3

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