Los Miserables, como El fantasma de la ópera, Carmen o Romeo y Julieta, son adaptaciones musicales que sirven más como sello de distinción, como símbolo de las diferentes sensibilidades de los directores que las vuelven a llevar al cine, que como obra que aporte algo de originalidad a la historia del celuloide. Estas propuestas hablan más bien de cómo una misma obra nos afecta a cada uno de nosotros de diferentes maneras mientras dialogan con el contexto en el que se proyectan, tienen por ello también muy presente la expiación para con el espectador, que mientras se cuenta la misma historia (que en este caso tiene ya 150 años) modificando esto o aquello aunque manteniendo la esencia, nos permite reafirmarnos en sus anquilosadas enseñanzas. Guiándonos por lo que se ve en la cinta, el de estos hombres es un reino de dolor, luchas y desgracias dominado por la inmovilidad social, es decir, por la irremediabilidad del sino.
Tom Hooper se enfrenta a la adaptación de este clásico ofreciendo una experiencia, por un lado, del musical en pantalla y por el otro operístico en la mise en scène, tomando la encomiable decisión de elegir para la interpretación de las canciones el directo en el rodaje en lugar de grabarlas posteriormente en estudio. Esto nos acerca al pathos vivo de las interpretaciones actorales y musicales de una ópera sin perder la majestuosidad que concede el cine. Perdemos lo irrepetible, ganamos en calidad del resultado final. Para ello los recursos visuales (sobrios y austeros) sirven de apoyo a los personales, que mediante esas múltiples y larguísimas tomas de punzantes primeros planos confieren más que ninguna otra cosa la epicidad y grandilocuencia que requiere la novela-manifiesto de Victor Hugo.
El trabajo del reparto (casi lo único importante aquí) está perlado de momentos conmovedores con cada disertación. Destacar, por supuesto, al Jean Valjean que hace Hugh Jackman y a la Fantine de Anne Hathaway. Jean Valjean se hace cristo sufridor que paga por todos nuestros pecados y te hace volver a apreciar el don del perdón. Y para la llegada del fragmento protagonizado por Fantine se desmoronaran tus planes de mantenerte distante de la sensiblería melodramática que con tanta fuerza proyectará su intérprete (y que si no se lleva el Oscar a Mejor interpretación femenina poco le va a faltar). Por otra parte, la historia de los jóvenes Cosette, Marius y Éponine (Amanda Seyfried, Eddie Redmayne y Samantha Barks) genera una inevitable apatía por el tema que arrastran (para la que además, si eres alérgico a los falsetos lo pasarás mal con Amanda Seyfried) pero los recesos cómicos de la picaresca disparatada de Bohan Carter y Sasha Baron Cohen como los señores Thernadier (el tema con el que aparecen por primera vez es totalmente hilarante) consigue mantener al espectador pegado a la butaca, incluso a pesar de los 157 minutos de cinta.
En Los miserables de Hooper lo melodramático queda más a la vista que lo político (lástima) mientras cabalga una pátina de moralina que trae de vuelta la decencia y el saber estar en tu lugar como salvaguarda de la estabilidad (de tu alma, pero también de tu posición social) bajo un espectáculo actoral soberbio bien dirigido y mejor montado. Más de dos horas y media de testimonios sonoros y visuales construidos para reavivar las brasas de los devotos y avasallar a los no iniciados.
At The End Of The Day
Calificación: 6.5



































cinefila
diciembre 30, 2012
Muy buena critica, pienso que es una película que no se puede perder su visionado. Es casi de obligado cumplimiento. Ya os contare que me ha parecido.