La felicidad nunca viene sola

El cine francés no ha destacado nunca por sus comedias, que suelen ser aburridas, con ausencia de ritmo y que además a lo largo de la historia no han tenido ningún baluarte en forma de director que diera con la clave para proporcionar al menos tres o cuatro obras destacables dentro del género. Hubo uno sí, un tipo llamado Jacques Tati, que influenciado enormemente por el cine mudo realizó películas tan maravillosas como Mi tío, Las vacaciones del señor Hulot o Playtime, en las tres interpretaba el mismo personaje. Tres obras maestras. Un oasis. Desde entonces a parte de varios productos modernísimos como Amelie o esa alineación de estrellas o lo que sea que hizo que Olivier Nakache y Eric Toledano parieran esa cosa llamada Intocable que ha barrido las taquillas de media Europa, a parte, no ha habido ninguna comedia destacable. Y esta, titulada La felicidad nunca viene sola, es más de lo mismo.

Ese personaje seductor de mirada imposible y perfil judío, ese hombre sin ataduras de ningún tipo, ese fulano al que envidaríamos si fuera nuestro amigo (por su clase, por su talento y por su facilidad con el sexo opuesto), ese tipo se llama Sacha y en esta película (le hemos visto ya en muchas) es interpretado por Gad Elmaleh. Y lo hace bien, de hecho las mejores escenas del filme son suyas. Su modelo de vida y su forma de afrontarlo es divertido, está muy visto pero engancha.

El problema llega con Sophie Marceau, ella no tiene la culpa por supuesto, su madurez es excelente, es guapa y alumbra cada plano, pero su personaje y la historia de amor a la que empuja al protagonista es agotadora. Mil veces vista.

Una mujer aparentemente perfecta, mayor de 35, probablemente la única mujer con la que Sacha se comprometería. Pero hay un problema, tiene tres hijos. Y sí, Sacha odia los niños, lo deja claro en una de las primeras escenas. Dos seres de mundos opuestos que se enamoran hasta los huesos hasta hacerse perfectamente complementarios. El guión languidece entre la comedia facilona, gags típicos (algunos graciosos otros no tanto) y un romance lleno de lugares comunes. James Huth ha hecho su filme más comercial, y hay que felicitarle, pero tendrá que emplearse a fondo si no quiere convertirse en el creador de la comida rápida francesa.

Con todo, La felicidad nunca viene sola, es una película simpática aunque irremediablemente olvidable. Es una comedia de fácil digestión y simpleza abrumadora (irritante contrariedad esta última). El ritmo no es ágil aunque tampoco tedioso, los personajes secundarios parecen sacados de una sitcom de las regulares y las escenas bufonescas del gentleman con los niños, llenas de esa torpeza divertida y sexy, son demasiado pocas.

El cine francés no es un territorio fértil para las comedias, y menos para las románticas, de siempre estos tipos han intelectualizado todo lo relacionado con el amor. Un bombazo como Intocable tardará en volver a ocurrir. Y yo tampoco soy de los que piensan que Intocable sea una maravillosa película. Más divertida que esta sí, pero no demasiado, no exageremos. El cine francés debe seguir mirando hacia otro tipo de géneros. Que se olvide de la comedia.

Calificación: 4

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