El legado de Bourne


Es un dato desconocido si los amantes de la trilogía de Bourne que enviaron cartas a Patrick Crowley, productor de las tres películas, preguntando cuándo saldría la cuarta entrega especificaron o no que era exactamente lo que querían. Si una reinvención del universo Bourne o una continuación argumental (que por otro lado no tenía sentido porque el personaje ya sabía todo lo que tenía que saber sobre él y sobre la CIA)  o una precuela, que también están muy de moda. En cualquier caso, aunque la petición hubiera sido totalmente libre y sin condiciones, estos fans insaciables han sido los incitadores de alguna riña que otra.

La más sonada fue la de Matt Damon diciendo que el guión de El ultimátum de Bourne firmado por Tony Gilroy era ilegible. Lo tuvo que arreglar el director, Paul Greengrass, convirtiendo ese, al parecer, desastroso librillo en una magnífica película de acción. Pero en esta cuarta entrega no iba a estar Greengrass tras la cámara, sino el propio Gilroy y claro, Damon se borró.

Por lo tanto tenemos al señor Tony Gilroy enfrentándose al rompecabezas de cómo resucitar la saga de Bourne sin Bourne. Y su solución al problema es rematadamente insospechada. A algunos les parecerá una ventana a la locura, un sutil atrevimiento. Otros simplemente se encontrarán ante un macguffin ridículo, casi de vergüenza ajena.

La primera hora de película es liosa, casi laberíntica, aunque se perdona ya que mostrar las consecuencias de los actos de Bourne es vital para entender el filme. Un entramado donde se destapan varios programas secretos de la CIA en los que se convierte a los soldados en máquinas.

El argumento enmarañado es una de las cualidades del cine con agentes secretos y complejos programas militares encubiertos por los Estados Unidos. Es un subgénero lleno de trampas al que Misión Imposible colocó en el punto de mira del espectador. Sin embargo tanto en la saga de Tom Cruise como en las anteriores películas de Bourne todo tiene un sentido, una razón de peso. No ocurre así en esta última parte. Cada programa de agentes secreto que se desvela en el film es más ridículo que el anterior.

Unas pastillitas azules y verdes (el macguffin del que os hablaba antes) son el motivo por el que este nuevo agente, Aaron Cross, decide cruzar el planeta. Una lucha cruenta y salvaje para evitar volver a ser tonto. Eso es el Legado de Bourne, un Forrest Gump acomplejado.

No me cuesta empatizar con el personaje, claro, yo tampoco querría volver a ser tonto, sobre todo si he conseguido enamorar a Rachel Weisz. Tanto ella como Jeremy Renner salvan la película. Como agente secreto él me gusta casi más que Damon (aunque su historia sea siete veces más ridícula). Sin embargo pocas películas de acción me han resultado tan huecas.

La acción, eso sí, es magnífica. El rescate al personaje de Rachel Weisz en su mansión, una persecución por los tejados de Manila o una vibrante secuencia en moto harán babear al menos fan. El problema es que las mejores cosas de El legado de Bourne se acaban pronto. Lo que queda al final es un regusto amargo, la sensación de haber visto una idea muy boba convertida en una idea muy boba muy bien rodada.

 

Calificación: 5,5

Frases destacadas:
Aaron Cross: Lo di todo por ellos
Eric Byer: No hay nada que puedas hacer por este país. Tienes todo para conseguirlo.
Aaron Cross: No soy solo un proyecto científico.
Mark Turso: Te regalaron un ferrari y tu gente lo trató como si fuera un tractor.  

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